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Un café


Inteligente, esbelta, joven y hermosa: así era la mujer que acababa de entrar en el café de la esquina. Apresuré el paso y entré también. Nos miramos de lejos, levanté las cejas en un gesto de saludo y me aproximé al mostrador.

—Dos cortados medianos por favor —enuncié a la chiquilla que tenía delante, con la voz más apagada de lo que imaginé. Me aclaré la garganta y repetí la orden.

Ella esperaba sentada en la mesa del fondo; su mesa preferida, nuestra mesa. Llevaba una chompa larga y gris clara que iba muy bien con su cabello azabache, un azabache que acababa de adquirir la semana anterior y al cual yo me había opuesto perdiendo inútilmente, pero que debía reconocer le quedaba muy bien; endurecía su mirada, la mirada de una niña inocente. En la mano, la pequeña tenía ya una taza de café que de seguro se terminaría en un abrir y cerrar de ojos y, por eso le había pedido uno adicional. 

Tenía una adicción al café impresionante, como si su cerebro se lo pidiera a gritos y ella no hiciese nada más que engreír a un órgano que habitaba en un hermoso cuerpo: y lo cierto es que yo tampoco le hubiese negado nada.

—Señor, aquí tiene —articuló por última vez la cajera sosteniendo mis dos cafés con ambas manos. Por la cara de bruja que llevaba, estaría en lo correcto afirmar que no era la primera, ni la segunda o tercera vez que me llamaba.

Centrado, tomé mis pertenencias tras darle un último vistazo, firmé el boucher de la tarjeta con una rúbrica apresurada y me acerqué a mi perdición.

—¿Cómo va todo Hector? —curioseó Carla.

—Bien… todo bien… —contesté, ¿qué diablos se suponía que contestase cuando con lo único que podía concentrarme estándole cerca eran esos carnosos labios magenta abrirse y cerrarse delicadamente sobre la tasa?

—¡Hector! —bramó.

—Sí-sí… sí, dime —reaccioné asustado, imaginando que había sido descubierto deseándola. Toqué mi frente en alivio al ver que no era así y suspiré. Sin embargo, la expresión en su rostro consiguió consternarme: algo no andaba bien.

—Para serte sincera… quería agradecerte por todo lo que haces por mí. Sé que no es fácil apoyarme en una cosa así… —Carla había roto una relación de años hacía dos meses y cada vez andaba mejor, lo sabía porque nos conocíamos desde la escuela —eres el mejor amigo que se puede tener… —interrumpió finalmente mis pensamientos, arrojando esa palabra como una bala perdida directa al corazón: amigo.

Me revolví un poco en mi puesto, eso había sido… ouch. Claro que… yo tampoco había dado las señales correctas de querer algo serio con ella. Tenía que hacer algo al respecto, tenía que decirle algo, esto no se podía quedar así. Ahora era el momento, le confesaría todo. Ya le había dado demasiadas largas… años, todo por temor al rechazo. Además, nuestra amistad ya se había cocinado lo suficiente… era hora de servir el plato antes que se enfriase.

Mi corazón palpitaba raudo y veloz, se me iba a salir de tanto latir si no confesaba pronto. Estaba decidido. En un arranque de hombría me envalenté, me acerqué, incliné mi cuerpo hasta quedar a un palmo de su rostro y se me escapó una sonrisa tierna tan solo al verla, tan frágil ella. Me veía interrogante, aunque en el fondo sabía perfectamente lo que venía a continuación, el desenlace por el cual ambos nos habíamos estado haciendo los locos durante semanas, jugando al “jueguito de los amigos que se apoyan”.

Luego, al demorar por mi indecisión, me miró coqueta; como pidiéndome a gritos que la bese de una puta vez.  Yo lo quería, ella lo quería, yo la deseaba y ella… esperaba que también me desease. Y cuando por fin terminé de respirar hondo ese oxigeno reparador, que mezclado con el suave aroma de su cabellera recién lavada se convertía en la más sublime de las drogas, desperté de mi Nirvana.

—¡Hector, aquí estabas! —chilló Monique a la vez que me plantaba un sonoro beso en la boca con olor a Tabaco. —¡Carla! ¿Cómo estás? No sabes… ese ex tuyo ayer se fue a la cama con dos zorras… un asco. Me lo ha contado una amiga del trabajo, era un pésimo novio, felizmente que te zafaste de él. —Parlaba moviendo los brazos frenética, llamando la atención, sacándonos de nuestra dimensión secreta y mandándonos a la suya, una que si bien alguna vez me gustó ya no sentía como mía.

Por su parte, la aludida suspiró soltando el aire retenido en sus pulmones hacía rato, mucho antes que mi estrambótica novia irrumpiese en el lugar.

—Lo se… es un imbécil, de eso ya no tengo duda, —estimó con la voz quebrada.

Luego, se volteó apenas apoyándose sobre la mesa y pude sentir su impotencia al intentar suprimir desesperada los intentos de sus lágrimas por salir de sus ojos: respiraba hondo y no hablaba. A continuación; vi cómo una cristalina delatora, primera de muchas, se escabullía por sus rizadas y negras pestañas hasta caer y aterrizar sobre la mesa de los cafés.

—Monique, que insensible eres, mira lo que has provocado —fue lo único que atiné a decir. Me sentía confundido y, lo que más quería en ese momento era que mi acompañante de cabello azabache parase de sufrir por ese desgraciado… le partiría la cara.

La culpable, se abalanzó a abrazarla y a disculparse por lo ocurrido inmediatamente. ¿Quién se imaginaría que luego de dos meses iba a llorar de esa forma por el simple hecho de recordar a un tipo que jamás la quiso? Sin embargo, al levantar la vista y chocarme con la mirada de Carla, casi escondida entre el abundante cabello rubio de Monique, pude notar que esta vez; la primera vez de muchas anteriores que no me habían pertenecido; esta inteligente, esbelta, joven y hermosa mujer lloraba por mí.



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