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La niña que no sabía perder... y la escritura



Bueno… ¿Qué hago acá? Esa es la pregunta del millón, apuesto a que todos se harán la misma pregunta…
Pues…
Digamos que… cada persona en el mundo tiene un cierto raye, traumas de la infancia, sueños frustrados, entre otras cosas. Algunos tienen problemas con sus padres, otros con las amistades, otros tienen problemas con gente que ni siquiera conoce y con la que se topó un día bizarro en la calle empezando una pelea sin razón.
Pero mi problema, era yo misma. Eran mis expectativas; no del mundo, no de la gente que me rodea, no de las situaciones de la vida diaria ni de algún evento en particular; eran las expectativas que tenía de mi misma, ese era y es mi enigma.
Hasta hace un tiempo, no podía vivir tranquila del solo hecho de pensar que había un ser humano en el planeta tierra que fuese mejor que yo, en cualquier disciplina que intentase hacer. A veces lograba cosas, me hacía sentir bien, pero nunca nada fue suficiente. De hecho, dejé de hacer ciertas actividades que amaba por el simple hecho de no poder manejar la frustración de no ser perfecta: como el tenis, la flauta traversa, el tiro con arco, el atletismo, entre miles de otras cosas.
Llegué a ser demasiado competitiva en cualquier tema, lo que sea, bastaba con que alguien me retase en algo para que aceptase fuese lo que fuese. Cosas desde “vamos a correr 10 kilómetros, a que no me alcanzas”, hasta riesgos: como carreras de autos en plena vía pública, canotaje en uno de los ríos más caudalosos de Sudamérica en época de lluvias, y las más intensas… las que más me importaban e importan, y las que más me dolían si fracasaba, los retos intelectuales. A veces inclusive me podía pasar tres días sin dormir, o me despertaba a las 2am a estudiar hasta las 7, hora a la cual me iba a la universidad y no regresaba sino en la noche, todo de corrido.
“Si no es perfecto, no sirve.” Ese siempre fue mi lema. Tanto así que en una ocasión he preferido un 0 a una nota mediocre. Pero esa es otra historia.
El punto, es que cada vez que me pedían que haga algo, daba el 120% de mi misma, y no aceptaba un “no puedo” como respuesta, siempre estaba empujándome a hacer más, y siempre quería más. Sin embargo, generalmente, cuando lograba algo en vez de celebrarlo siempre me replanteaba todo y pensaba “ok, ahora… ¿que sigue? ¿qué no tengo? ¿qué me falta? ¿qué quiero?” y nunca me di un respiro.
Tanto así, que en momentos en los cuales la vida se me complicó, en vez de querer seguir empujándome más, como siempre, para lograr más, el solo hecho de no llegar a mis propias expectativas me hizo frenar en seco y reconsiderar todo. Empecé a preferir no esforzarme por las cosas en las que sabía no podía ser la mejor, aunque igual las tenías que hacer, y me convertí en lo que yo llamo “persona mediocre”. Siempre con la mentalidad de… “si no puedo obtener lo mejor, si no puedo ser la mejor… entonces no me esforzaré.” “Si no es perfecto, no sirve”, y en la universidad me encontré con gente extremadamente inteligente, hasta más de lo que yo era, se podría decir… Así que llegue a la conclusión de que “no sirvo”. Creo que eso me deprimió un poco y me hizo dejar de esforzarme tanto.
Entonces, empecé a ver otros aspectos de mi vida. Empecé a tratar de practicar actividades como el Yoga o el Tai chi. Sabía que necesitaba encontrarme a mi misma, no sabía qué camino tomar, y empecé a probar de todo, quería darle un giro espiritual y existencialista a mi vida. Pero, en esas clases lo único que conseguí fue exasperarme más. Todos meditaban y decían “omm” mientras mi mente iba a mil por hora, con ojos cerrados, postura, y diciendo “omm” y todo. Pronto, empecé a desesperarme cada clase más y más por querer irme corriendo cada vez que una pose duraba demasiado tiempo, y terminé dejándolo.
Pasó un tiempo, y luego de buscar, luego de prueba y error, encontré algo que me encanta. Algo que de hecho, creo que es lo que estaba buscando desde hace tanto tiempo. Es algo que me mantiene tranquila y me ayuda a olvidar mis problemas momentáneamente. Me da paz interior, y yo creo que me ha ayudado a aceptar quién soy, y a aceptar también que la persona con la que realmente debo competir es conmigo misma.
También, ahora sé que un resultado no es el fin del mundo, y que puedo ser buena en algo pero no buscar la perfección. Eso último, es desgastante e imposible. Así nunca seré feliz. Sin embargo, esto es algo que me ha hecho madurar tanto… He aprendido que todo es un arte, y tiene múltiples apreciaciones y mil formas de verse… y que todas están bien. Este nuevo hobby me hace crecer como persona de una forma que nunca había experimentado antes…
De hecho… disculpe, es la primera vez que voy a un psicólogo y la verdad mi mente anda tan revuelta estos días que mis pensamientos no tienen orden alguno.
Este…
Pronto, Ámbar se extrañó al no escuchar respuesta, se sentó en el chaise longue que le habían indicado al entrar en la sala y, al voltear y mirar a su supuesto interlocutor, se sorprendió ante lo que vio.
Estaba inclinado hacia atrás en su gran sillón de cuero marrón. Su cabello blanco despeinado hacía que sus anteojos de marco negro grueso resaltasen. Además, llevaba los ojos cerrados, una bitácora y un lapicero que probablemente no había escuchado caer por la alfombra yacían en el suelo, y los leves ronquidos que aquél hombre soltaba de vez en cuando anunciaban que estaba profundamente dormido.
Rayos, no sabía que mi vida fuese tan aburrida. – Pensó la castaña con una pequeña sonrisa tristona, al momento de levantarse para irse y no volver nunca mas.
Ya en la calle, frente al complejo de oficinas, dio un último vistazo al edificio del que acababa de salir, para luego mirar su portafolios en el que había una laptop.
-Bueno… – dijo resoplando y haciendo que su cerquillo volara hacia arriba. – Parece que somos nosotras dos solas nuevamente.

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